
Hay días en los que simplemente el cerebro decide tomarse vacaciones.
Hoy fue uno de esos.
Mi intención era sorprender a Gabriello con un desayuno bonito para que
se llevara de lonche al trabajo. Ya saben... chocolate caliente porque la
mañana amaneció fría, un huevito bien sazonado con tortillas y unos hotcakes
esponjosos de esos que tanto le gustan.
Esta vez ni siquiera estaba improvisando.
Compré una mezcla para hotcakes de esas que solo dicen:
"Agrega leche, mantequilla... y un huevo."
Pues adivinen cuál ingrediente olvidé.
Exactamente… ¡El huevo!
Y no me di cuenta hasta que estaba poniendo el último cucharón de mezcla
sobre el comal.
Volteé hacia la barra de la cocina...
...y ahí estaba.
El pobre huevo.
Esperándome.
Como diciendo:
"¿Y yo qué?"
Ahí fue cuando entendí que ya no había vuelta atrás.
Los cuatro hotcakes ya estaban hechos.
El momento
de la verdad
Como buena curiosa, partí uno.
Y apenas lo abrí pensé:
"Algo aquí no está bien."
No estaban feos.
No estaban quemados.
Pero por dentro se veían compactos.
Pesaditos.
Como apelmazados.
En ese momento recordé por qué el huevo existe.
No solamente aporta sabor.
También ayuda a dar estructura, aire y esa textura esponjosa que todos
esperamos cuando mordemos un hotcake.
Lo mejor
fue que Gabriello no sabía nada
Mientras yo estaba escribiendo esta nota, él todavía no desayunaba.
Así que pasé toda la mañana imaginando la llamada.
"Oye... ¿qué les hiciste?"
"¿Cambiaste la receta?"
"¿Qué pasó con los hotcakes?"
Pero no.
Pasaron dos horas…. Y nada.
Así que le mandé un mensaje:
—Hola amor ¿Cómo estás, que tal tu desayuno, te gustaron los hotcakes?
—Sí.
—¿Les notaste algo raro?
—No...
Entonces ya no pude aguantarme.
Le confesé…
—Se me olvidó ponerles el huevo...
Se empezó a reír.
Y después dijo una frase que resumió perfectamente toda la experiencia.
—Ahhh... con razón estaban gorditos... pero no esponjosos como de
costumbre.
Nos dio muchísima risa.
Y a mí también muchísimo alivio.
Porque yo ya sentía que había cometido el crimen culinario del siglo,
jajajajajajaja.
La cocina
también está hecha de despistes
Muchas veces vemos videos donde todo sale perfecto.
Nunca se cae la sal.
Nunca se rompe una yema.
Nunca se quema una tortilla.
Nunca olvidan un ingrediente.
Pero las cocinas reales funcionan diferente.
Hay mañanas con sueño.
Con prisas.
Con lonches.
Con alguien esperando para irse al trabajo y apurando a la cocinera.
Con el café hirviendo.
Con mil cosas pasando al mismo tiempo.
Y sí...
A veces hasta el ingrediente más importante se queda sobre la barra.
Lo que
aprendí hoy
Creo que encontré mi solución.
La próxima vez prepararé toda la mezcla desde la noche anterior.
Así por la mañana solamente prenderé el comal y empezaré a hacer los
hotcakes.
Porque descubrí que mi problema no era la receta.
Era el sueño, estaba más dormida que despierta.
Y también entendí algo que me hizo sonreír.
Después de tantos años cocinando...
todavía puedo equivocarme.
Y eso está bien.
Porque la cocina no busca personas perfectas.
Busca personas que vuelvan a intentarlo mañana.
Ahora
cuéntame tú.
¿Cuál ha sido ese error de cocina que todavía recuerdas y que hoy te hace
reír?
Porque estoy casi segura de que todos tenemos uno.
0 Comentarios