
Hay recetas que heredamos de nuestras abuelas.
Hay otras que aprendemos viendo cocinar a nuestras mamás.
Y luego están esas recetas que llegan por caminos inesperados
y terminan convirtiéndose en parte de la familia.
Las empanaditas de pollo que hacemos en casa pertenecen a esa
última categoría.
Todo comenzó cuando estudiaba la preparatoria.
Corría el año 2005 y yo estudiaba en el CETMAR 27. Cerca de
la escuela había una señora que vendía comida en la parada del puerto. Tenía de
todo un poco: tacos dorados, enchiladas, tostadas y otras garnachas que hacían
imposible decidirse rápido.
Pero hubo algo que me llamó la atención desde el primer día.
Las empanaditas de pollo.
Aunque para ser justos, ella no las llamaba empanaditas.
Les decía quesadillas de pollo.
Pedí una orden.
Recuerdo perfectamente que servía tres piezas acompañadas de
lechuga, jitomate, cebolla, crema, queso y una tímida rebanadita de aguacate
que apenas se alcanzaba a ver entre todo lo demás.
Y aunque parezca exagerado, todavía puedo recordar el sabor.
Desde entonces esperaba con ganas la hora del almuerzo.
A veces uno cree que los recuerdos importantes están en los
grandes acontecimientos de la vida, pero no siempre es así.
Algunos viven escondidos dentro de una quesadilla de pollo
comprada en un puesto de comida.
Un día me animé a preguntarle cómo las preparaba.
No había ningún secreto complicado.
Ponía a cocer el pollo con ajo, cebolla, sal y algunas
hierbas de olor. Recuerdo haber visto cilantro entre ellas.
Después preparaba un guisado sencillo con jitomate, cebolla y
chile.
Nada extravagante.
Nada sofisticado.
Simplemente cocina de todos los días.
Cuando armaba las quesadillas, escurría el guisado para que
no llevara demasiado caldo, rellenaba la masa y las llevaba al aceite.
Como el puesto estaba un poco retirado de la escuela, para
cuando llegaban a nuestras manos ya se habían humedecido un poco por el vapor
del trayecto.
Y aun así eran deliciosas.
Llegaron las vacaciones de verano.
Y curiosamente lo que más extrañaba no era la escuela.
Eran aquellas quesadillas.
Así que llegué a casa y le pedí a mi mamá Marie que
intentáramos hacerlas.
La primera vez las preparó utilizando tortillas de maíz de
tortillería.
Quedaron crujientes.
Deliciosas.
Todavía recuerdo que me comí una cantidad que hoy me daría
pena admitir, ¡si! me comí más de 20 quesadillas fritas, que de hecho algunos les llaman tacos dorados doblados.
Pero el verdadero descubrimiento llegó después.
Había quedado pollo guisado para el día siguiente y le
propuse a mamá Marié intentar algo diferente.
Que las hiciera usando masa.
Masa de verdad. De esa que antes se compraba fresca en las tortillerías y era de puro maíz nixtamalizado recién hecho. Actualmente hasta nosotros usamos harina de maíz, para economizar en insumos y ahorra tiempo.
Y entonces ocurrió algo que terminó cambiando la historia de
esta receta en nuestra casa.
Las empanaditas quedaron crujientes por fuera, firmes por
dentro y sin humedecerse. Y es que mi viejita tenía sus secretos en la cocina, les puso fécula de maíz para darles ese crujiente a la masa. De hecho aquí te voy a dejar el video, explicado paso a paso por si te quieres hacer unas en casa.
Funcionaron tan bien que desde ese momento se quedaron para
siempre.
Lo curioso es que esta receta no viene de generaciones atrás.
No la hacía mi abuela (que de hecho, muy poco conviví con ella).
No la hacía mi bisabuela,
No forma parte de un recetario antiguo.
Y aun así hoy es una receta familiar.
Porque las tradiciones también pueden empezar en nuestra
propia generación, este plato se volvió el favorito de mis hermanas, de mi mamá y mío.
Después llegó Gabriello.
Y las empanaditas también llegaron a él, si porque fue uno de los primero plato que le preparé en aquellos años de noviazgo, huu, estamos hablando del 2010.
Lo más curioso es que en la familia de Gabriello existía algo
parecido.
Su mamá Mica también preparaba quesadillas de pollo fritas.
Distintas, pero muy similares .
Como si dos historias separadas hubieran terminado
encontrándose en la misma mesa. Bueno y también tenemos abuelas que se llaman igual.
Por eso decidimos grabar esta receta y compartirla.
No porque sea una receta famosa.
No porque sea una receta perfecta.
Sino porque nos gustaría que siguiera viva.

Porque cada vez que alguien prepara una receta de casa, la
receta gana tiempo.
Y cada vez que alguien la comparte, evita que desaparezca.
Quizá tú llegaste aquí desde otro estado de México.
Quizá nos lees desde otro país.
Quizá nunca has probado unas empanaditas de pollo como estas.
Pero si decides prepararlas, nos hará mucha ilusión saber que
una receta que nació en un puesto de garnachas hace más de veinte años ahora
también forma parte de tu historia.
Y si ya las conocías, cuéntanos algo.
¿Cómo llegaron a tu casa?
Porque estoy convencida de que detrás de cada platillo familiar hay una historia esperando ser contada.
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